miércoles, 5 de abril de 2017

Surcos de agua

Vida líquida
Como agua de mar,
Que lleva ilusiones
Y devuelve sal
Inmensidad azul,
Sin fin,
Sin forma.
Moldeable y blanda.
El devenir de las olas
Desgasta la roca,
Moldea formas nuevas,
Extrañas.
Marcando surcos
De vida y agua.

Foto: Ana Matesanz

viernes, 24 de marzo de 2017

Promesa de calor

Hace un frío que pela. Andrés camina encogido, las manos en los bolsillos y la nariz roja con un brillante a punto de caer. Hace demasiado frío para sacar el pañuelo del bolsillo. Al llegar al semáforo se para con la mirada fija en el muñequito. Rojo-verde-rojo-verde. El frío paraliza.
Un mocoso le empuja al cruzar la calle despegándole del suelo. Andrés camina y tropieza con algo blando. ¡Maravilloso, promesa de calor! Ahora la bufanda le abraza el cuello, le da energía y alas en los pies. Debe correr, no puede perder esa entrevista. No, por el frío no. Se quita el brillante de la nariz, se ajusta la bufanda y sube la escalera dispuesto a comerse el mundo en aquella fábrica de alimentos congelados.

Foto: Ana Matesanz

viernes, 17 de marzo de 2017

Un viaje tan largo

—¿Don Cristóbal Colón? —Preguntó el emisario al hombre que observaba un huevo de gallina depositado en un plato.
—Sí, soy yo —respondió este levantándose de la silla. Hablaba con un marcado acento gallego.
—Bien, pues recoged vuestras cosas que partís mañana.
El hombre que miraba el huevo, fijó su vista en quien eso le decía.
—¿Tan rápido?
—La reina ha recibido ya el dinero necesario para vuestro viaje y partís mañana.
—Bueno, pero ya lo llevo todo encima.
—¿No necesitáis nada más en un viaje tan largo que no sabéis lo que durará?
—No necesito nada más, el viaje no es tan largo.
—De acuerdo, vos sabréis lo que hacéis. Tomad, aquí tenéis dinero para los primeros gastos.
El hombre llamado Cristóbal Colón cogió la bolsa que le ofrecían y se dirigió a la puerta para marcharse.
—Podéis llevaros el huevo —dijo el emisario—. Sé que es importante para vos y la reina.
El viajero se volvió, cogió el huevo y se marchó.
El representante de su majestad quedó sólo, al poco llamaron a la puerta y entró un chambelán.
—Señor. Aquí  fuera hay un hombre, parece extranjero. Dice llamarse Cristóbal Colón y quiere hablar con vos, porque le habéis citado para tratar el asunto de un viaje.

Foto: Ana Matesanz

lunes, 30 de enero de 2017

Nuez dormida

¿Qué piensa el poeta?
¿Sabrá él pensar?
A su neurona dormida llama,
Porque pensar no puede.
Ella, desperezándose,
Envía un boceto de pensamiento.
¡Señor cerebro, ahí va eso!
Pero aquello,
Igual que una nuez,
Se encierra en el cascarón.
¡Ssssh, el poeta duerme!

Foto: Ana Matesanz

sábado, 14 de enero de 2017

El último viaje

La puerta se cerró tras ella y comenzó a caminar lentamente. Como todas las noches, cuando Sandra le dejaba en casa, se despedían con un beso, cada vez más frío, más ritual. Ya le estaba empezando a pasar con Roberto lo mismo que con sus anteriores parejas.
Sacó las llaves del bolso y abrió el coche. El viejo motor se resistía y sólo arrancó después de que su dueña gritara una palabrota. ¿Por qué siempre elegía hombres sin medio de transporte? Si el coche se estropeaba su relación con Roberto habría acabado, porque viviendo a treinta kilómetros de carretera de montaña, los dos sin coche ni transporte público: fin.
—Puedes comprarte otro  coche —dijo él en una ocasión.
Ni se le había pasado por la cabeza comprárselo él.
Sus anteriores relaciones comenzaban alegres, apasionadas. Sandra las vivía saboreando cada instante que pasaba con ellos, los amaba de manera casi religiosa, adorando a esos hombres que creía que también la adoraban a ella. Hasta que se daba cuenta de su error, no soportaba la decepción y entonces los dejaba. Así una y otra vez.
El coche circulaba en la noche solitaria y oscura de la montaña. Eran las tres de la madrugada y tendría que estar dentro de cinco horas en la oficina. En aquella empresa en la que tanto le costó entrar, en la que había creído que realizaría el sueño de su profesión.  Estuvo quince años dando tumbos de trabajo en trabajo y cuando por fin encontró lo que buscaba, empezaron a desplazarla  poco a poco.
Se dio cuenta que si se acababa su relación con Roberto le daba igual. Si la echaban del trabajo la daba igual. Si el coche se estropeaba le daba igual.
La Luna brillante en lo alto del barranco iluminaba la curva de la carretera.
—Vamos cochecito, pórtate bien por última vez. —Dijo Sandra pisando a fondo el acelerador y sujetando firme el volante para tomar recta aquella curva en lo alto del abismo. 

Foto: Ana Matesanz

jueves, 5 de enero de 2017

El fruto del acebuche

La luz de la hoguera iluminaba el rostro ajado de aquella mujer, más vieja que cualquiera de los ancianos, que la recordaban ya adulta, regresando cargada con los frutos amargos del acebuche, cuando ellos todavía eran niños.
Echó un tronco a la lumbre y se dispuso a hablar.
“La Gran Madre me había bendecido en varias ocasiones hinchando mi vientre, pero aquel niño era el primero que conseguía llegar a caminar. Aquel día  mi hijo se entretenía jugando con los frutos de un acebuche mientras yo recogía setas. Aunque el desagradable sabor le hizo escupir uno que se metió en la boca, se llevó algunos consigo cuando regresamos al poblado, igual que hacía con todo lo que le atraía.
Pasaron dos lunas, un día le vi comer algo que yo no le había dado y parecía agradarle, pero que después expulsó: era un hueso de acebuche.
El niño metió la mano en un cántaro con agua y ante mi sorpresa sacó uno de aquellos frutos que cogió tiempo atrás. Yo esperaba ver una mueca de asco en su cara, pero me extrañé al ver que lo masticaba gustosamente.
Hundí la mano en el líquido buscando más frutos y saqué uno que comí. No estaba amargo sino que tenía un gusto agradable. ¿Podía ser que el agua en el que había estado tanto tiempo le hubiera quitado el amargor?
Quise saberlo y salí a recolectar algunos, me resultó muy complicado porque el invierno estaba ya avanzado y apenas quedaban en las plantas. Los introduje en agua y fui probándolos cada cierto tiempo hasta que vi ya tenían buen sabor.
No dije nada a nadie y cuando los frutos estuvieron de nuevo en los árboles recolecté todos los que pude, ante el asombro de las mujeres que me acompañaban. Los metí en agua y al llegar el tiempo de comerlos me deleité con ellos. Algo me decía que daban mucha salud al cuerpo, ya que mi hijo crecía fuerte y sano. Una noche de invierno lo mostré al clan. Muchos no querían comer los frutos, porque conocían su desagradable sabor, pero los más atrevidos los probaron y disfrutaron.
Fue un gran descubrimiento que nos valió para pasar el frío de los días cortos y que en alguna ocasión hemos intercambiado por productos de otras tribus que no conocen nuestro secreto.” 
Acabado su relato la anciana enmudeció, y sólo salió de su abstracción para coger algo que le ofrecía un niño, quizá hijo del hijo de aquel que metió en agua los frutos del acebuche.

(Acebuche: árbol silvestre del que procede el olivo. El olivo, originario del Mediterráneo Oriental, fue traído a la Península Ibérica por los fenicios. Junto con la vid y los cereales forma la tríada de cultivos en los que se han basado las culturas mediterráneas a lo largo de la historia).

Foto: Ana Matesanz

viernes, 30 de diciembre de 2016

Jano

Llevamos diecisiete años de este siglo XXI que antaño se tenía como representativo de la ciencia-ficción.
Entonces se crecía que en este siglo los coches volarían y nos alimentaríamos a base de pastillas. Lo primero todavía no pasa y lo segundo, teniendo en cuenta la moda actual por la cocina, queda lejos.
Pero quizá por su cotidianeidad, para bien y para mal, la tecnología nos ha invadido la vida. Estamos, como en la mejor de las películas o novelas del siglo XX, rodeados de máquinas de todo tipo, desde microondas hasta teléfonos que llevamos a todos lados, para estar más cerca del que está lejos y más lejos del que tenemos enfrente. Ahora es más interesante lo que se ve a través de una pantalla que lo que vivimos. Y para que vamos a subir una montaña si otro lo hace y se cansa por nosotros mientras le animamos comiendo palomitas al otro lado del monitor. Eso sí, cualquier experiencia hay que fotografiarla y compartirla en redes sociales para que sea realmente importante.
En estos días en los que el Sol alarga de nuevo su recorrido por el firmamento, observamos, tal y como hacía Jano para los romanos, el año pasado, los tiempos pretéritos de la Humanidad; pero también intentamos ver con anhelo y temor el futuro. Siempre esperamos que el nuevo año sea mejor que el anterior, aunque haya quien diga que tiempos pasados fueron mejores, en un intento de recordar una vida feliz que pudo no serlo tanto.
La Navidad, es el comienzo de algo, el nacimiento de una nueva época, un nuevo año. En el que los días, antes de desaparecer del todo comienzan a renacer. La Navidad y el comienzo de año parecen distintos, pero en realidad simbolizan lo mismo. Nacimiento de un ser y nacimiento de un año. Esperanza de una nueva vida representada en un nuevo año.
Y a todo esto yo me pregunto ¿ha cambiado algo la Humanidad en estos veintiun siglos?
En tecnología, conocimientos científicos, sanidad y alguna cosa más si ha cambiado. Y mucho.
Pero en su interior el Ser Humano sigue siendo el mismo.


(Jano: divinidad latina que podía ver el pasado y el porvenir. Por ello se le representaba con dos caras. Los romanos le consagraron el comienzo de año, mes y día. Dieron su nombre al primer mes del año Januarios (Enero) que con pequeñas variaciones se mantiene en inglés) 


jueves, 1 de diciembre de 2016

Presentaciones

   En el transcurso de un mes he presentado mi novela"Ispalam" en dos lugares tan diferentes como son La Casa del Libro, en su tienda de la calle Fuencarral, en plena zona comercial de Madrid; y un centro de Educación Ambiental ubicado en un gran parque que está entre los municipios de Leganés, Alcorcón y Fuenlabrada.
     La cadena de librerías me concedió el privilegio de mostrar mi obra en su local. El público no fue muy abundante, pero me llevé la sorpresa de tener entre él a algunos familiares a los que no veo habitualmente. A ellos agradezco su presencia e interés en la novela, y como no, el apoyo moral tan necesario en todos los que comenzamos un proyecto nuevo.
      El pasado 27 de noviembre presenté mi novela "Ispalam" en el Centro de Educación Ambiental (Cea) del Parque de Polvoranca, en Leganés (Madrid). Desde aquí quiero agradecer a todo el equipo de educadores su apoyo a mi novela, que ya cuenta con un lugar en su biblioteca. Y sobre todo gracias por las charlas que mantenemos cada vez que los visito o asisto a algunas de sus actividades. Allí estaban Paloma y Ana apoyando a quienes intentamos unir arte y naturaleza.
     La tan deseada lluvia me jugó una mala pasada, porque aunque el color del otoño era precioso, el agua no invitaba a disfrutarlo y tanto los visitantes asiduos como los ocasionales del Cea prefirieron quedarse bajo techo. 
   De todos modos, las pocas personas que asistieron se merecen un gran agradecimiento por mi parte. El pequeño grupo, ya casi de la familia, disfrutamos de la proyección del trailer y las historias de la novela. Tras ello y como estaba prometido, nos reunimos alrededor de una mesa repleta de plumas de aves y tinteros para emular a los amanuenses medievales. Sin ser yo una experta en eso, marqué unas pautas para investigar, entre todos, las posibilidades de la caligrafía y dibujo con pluma de ave. Teniendo entre los asistentes a un delineante y una pintora os podéis imaginar, que la sesión fue muy interactiva, aprendiendo todos de todos y disfrutando de la experiencia. 

Las anécdotas del proceso creativo.
Cea Polvoranca

  
Escribiendo con pluma de ave
Cea Polvoranca
Plumas de ave, que tras surcar los cielos, esperan dispuestas a mancharse en tinta.Y agallas por si alguien se atreve a fabricarla.
Cea Polvoranca

Espero que os guste...
Casa del Libro
Entre libros
Casa del Libro

La primera presentación, con Carmelo Segura editor de Entrelíneas
CC Tomás y Valiente (Fuenlabrada)

jueves, 24 de noviembre de 2016

Personajes vivos

        Hace poco me preguntaron si los personajes de la novela Ispalam reflejan la condición humana.  Y dije que sí, que todos los personajes de ficción reflejan alguna faceta humana. Los autores siempre tomamos consciente o inconscientemente algo de la realidad y como no de la psicología de las personas. Al fin y al cabo, nuestros personajes tienen que vivir en el universo que creamos para ellos y lo hacen con el carácter, fortalezas y debilidades que nos empeñamos que tengan. 
       Pero a veces estos personajes tienen una fuerza o incluso una vida que no hemos sido capaces de vislumbrar cuando les concebimos. A mi me pasó con uno de ellos, ella para ser más exactos. Un día escribiendo una escena (no voy a decir cuál para no desvelar nada a quien no haya leído todavía el libro) este personaje me dijo que tenía que decir algo. Intenté no hacer caso, era una de tantas ideas que se te ocurren cuando escribes y que normalmente desechas. Bueno pues esa idea no se iba, me bloqueaba las demás hasta el punto de tener que dejar de escribir. Estuve un día en estado de shock, me decía "no existe, yo la he creado, no se puede empeñar en decir eso, dirá lo que yo diga, yo la he creado". Bueno, pues al final decidí hacerle caso: y fue la mejor decisión, porque a partir de entonces ese personaje cobró fuerza y una vida que yo no había sido capaz de ver y que se fue desvelando poco a poco. Los personajes que creamos quizá no existan ni hayan existido jamás, pero son capaces, si están bien conformados, de irnos guiando en la historia que vamos escribiendo.
       Todos los personajes de la novela nos reflejan de una u otra manera, pero en especial Ashok, el protagonista. Se puede decir que hay algo de él en todos nosotros, porque es un chico al que se le plantean muchas dudas porque no se siente capacitado para lo que se espera de él. Esta duda, esta debilidad, la sentimos todos en algún momento de nuestra vida. Unos más y otros menos, pero ¿quién no se ha sentido alguna vez incapaz de hacer algo?

Foto: Ana Matesanz
Museo Arqueológico Nacional (Madrid)

jueves, 17 de noviembre de 2016

Presentación de Ispalam en el Cea Polvoranca

     El domingo 27 de noviembre a las 11:30 h presentaré mi novela "Ispalam" en el Centro de Educación Ambiental del Parque de Polvoranca (Leganés).
      Los que no habéis podido ir en otras ocasiones ahora tenéis la oportunidad de hacerlo. 
     Este  centro es un lugar al que estoy muy vinculada desde hace ya varios años, por lo que me siento casi como en casa. En esta ocasión, y debido al enfoque del centro, la presentación irá orientada a la relación entre la novela y algunos de los valores que se promueven en este tipo de sitios.
     Después de la presentación realizaré un taller en el que escribiremos o dibujaremos con pluma de ave. Relacionando de nuevo el mundo de las aves con el de la escritura, y el de la naturaleza con el de la cultura e historia. Buscaremos, como los personajes de Ispalam, la conexión entre cosas aparentemente distintas.
      Estaré encantada de saludaros y charlar con todos los que  decidáis venir.